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martes, 17 de noviembre de 2015

REVISTA CAMPO - El Mercado de San Albín abre el apetito ./ REVISTA XL SEMANAL EN PORTADA - Venezuela: Los olvidados de la revolución,.

TÍTULO: REVISTA CAMPO - El Mercado de San Albín abre el apetito ,.
 

El Mercado de San Albín abre el apetito , foto.

'Manda Huevos' uno de los locales con más aceptación del Mercado de San Albín. :: J. M. ROMERODe los dieciséis locales, doce ya han puesto en marcha sus cocinas y el resto lo hará a partir del viernes que viene con la inauguración,.

Ambiente como pocas veces se deja ver en la plaza de toros. Cervezas y vino para un lado, junto a tapas de la tierra para otro. La apertura semi silenciosa del Mercado de San Albín consagra el lugar como uno de los que hay que tener como referencia si de buen comer se trata en la capital autonómica. O al menos, si lo que se busca es un espacio que reúna historia y vanguardismo, junto a la buena gastronomía.
Brasería y asados. Marisquería y freiduría. También un local que se centra en croquetas, y bocatería. Otro en el arte de cocinar buenos huevos fritos, además de una barra con repostería y otra de preparados y copas. De todo y variedad. Una receta que funciona, y como prueba de ello es la cantidad de emeritenses que no dudaron en desplazarse al coso de San Albín y descubrir el lavado de cara de la plaza de toros. Tanto, que esperar para poder degustar lo que ofrecen se hace eterno por el gran número de comandas que se amontonan en las barras. «Estamos encantados con la buenísima acogida que está teniendo en estos primeros días de apertura», explica Vicente Elices, que además de ser el propietario de la plaza de toros. Destaca que han sido cientos de personas las que se han acercado ya a conocer la nueva imagen del coso. Cifra que se puede comprobar no solo asomando la cabeza dentro de la plaza, sino también fuera, por la infinidad de vehículos aparcados en las calles colindantes.
Oficial, el viernes
Con la espera de una inauguración oficial del espacio, pocos eran los que sabían de primera mano que la plaza de toros abría sus puertas al público. Una apertura que no hace más que abrir el apetito a los que esperan descubrir por completo todo lo que ofrece el coso. De los dieciséis locales de hostelería que se ubican en la plaza, solo doce han puesto en marcha sus cocinas. «El viernes que viene, día en el que inauguraremos el Mercado, ya estarán seguro que todos los establecimientos abiertos», recalca Elices. Lo mismo sucede con el Museo que se ubica al fondo de unos laterales. «Ya está montado por completo, pero todavía no se puede visitar», explica. El acto oficial, previsto para el próximo viernes, contará con la presencia del alcalde de la ciudad, Antonio Rodríguez Osuna.
Sin duda, toda una experiencia que despierta los cinco sentidos por el gusto que supone saborear un buen ambiente, que huele a historia y buena comida, con una visión sin parangón, y el contacto y sonido de las risas entre amigos.

 TÍTULO: REVISTA XL SEMANAL  EN PORTADA - Venezuela: Los olvidados de la revolución,.

En portada / fotos

Venezuela: Los olvidados de la revolución

El asilo La Providencia, con 123 años de historia, acoge a 68 ancianos sin ningún apoyo de los organismos gubernamentales.
Venezuela está pasando por una de sus peores crisis. El desabastecimiento y la inflación han superado cualquier expectativa. Los ciudadanos cada día son más pobres y su supervivencia se convierte en una agonía. La lucha de siete religiosas por sacar adelante un centro de ancianos en Caracas refleja el terrible día a día del país.
La hermana Cointa Medina es la encargada de dirigir el asilo la Providencia San Antonio.
Está ubicado en la avenida principal de San Martín, una urbanización al oeste del centro histórico de la capital caraqueña. Llegó hace unos meses del estado Zulia, en el occidente del país. Se encontró con muchos problemas debido a la situación que enfrenta el país: inseguridad, falta de recursos, familias que han dejado solos a sus abuelos... Ella y otras seis hermanas pertenecen a la congregación religiosa venezolana Hermanitas de los Pobres de Maiquetía. Estas mujeres consagradas a Dios son quienes administran esta casa hogar. La mayoría supera los 60 años. Dos de ellas tienen más de 80. Entre todas se dividen las actividades para atender a los 68 abuelos que allí viven. «Esta institución tiene 123 años y está llena de historias casi totalmente desconocidas para los venezolanos. Pese a los problemas, debe seguir en pie». La hermana cuenta que ellas no escapan a la realidad del país: «Un grupo integrado por unas 30 mujeres y 18 niños tomó hace unos meses en la madrugada las instalaciones de otra de nuestras casas, ubicada en la parroquia El Valle, donde retuvieron a 7 de nuestras hermanas que laboran en el centro de tratamiento de farmacodependencia y mendicidad por varias horas. Fueron momentos de mucha tensión y nervios, pero esas personas querían solución a sus problemas de vivienda, y ejercieron esa acción para que el Gobierno las atendiera. A la fecha no sabemos qué pasó con esas familias».
Es preocupante cómo cada día crecen las listas de las personas que buscan hogar en los asilos. Una de las razones que no se veían antes, según nos cuenta la hermana Antonia, coordinadora del asilo La Providencia, es la cantidad de familias que están migrando del país. «Hace unos meses vino un chico con su abuelo y lo dejó en las puertas del hogar; nos dijo que él se tenía que ir a Perú buscando nuevas oportunidades y que no se lo podía llevar porque no contaba con los recursos necesarios». Lorenzo Monasterios es otro de los casos frecuentes. Lleva más de 6 meses buscando un cupo para su padre en un albergue de ancianos de Caracas. Consiguió trabajo en Panamá y debe viajar. «Los precios superan lo que una persona puede ganar con un sueldo mínimo. Para poder pagar mantener a alguien en estos sitios privados, se requieren buenos ahorros o tener ingresos en moneda extranjera». Lo ha intentado ya en el asilo La Providencia, pero aún la lista es larga y tendrá que esperar.
La hermana Cointa se reúne diariamente con el resto de las hermanas para ver cómo se organizan a la hora de conseguir los productos y alimentos de primera necesidad y hacer rendir el presupuesto que consiguen mensualmente, además de sostener los salarios de las 15 personas que ayudan al mantenimiento de la casa. «Establecemos una ruta de compras pautada para cada día de la semana, así nos da chance de ir a varios negocios a comprar comida. Es que el Gobierno de Venezuela ordenó a los comercios públicos y privados establecer un cronograma de venta de productos básicos y escasos como la leche, la harina de maíz, el jabón en polvo, la pasta dental... de acuerdo con el último número de la cédula, y lo que necesitamos no es para alimentarnos solo a nosotras, sino a todos los abuelos. El asilo no recibe ningún apoyo por parte de organismos gubernamentales. La ayuda que hemos recibido siempre ha sido de esos hombres y mujeres que se acuerdan de que aquí estamos y seguimos. Esas familias nos visitan a menudo para ayudarnos en actividades recreativas para los abuelos y, en la medida de lo posible, donan ropa usada, medicamentos y, cuando pueden, algo de dinero. Hacen demasiado por nosotros, no podemos pedir más al pueblo venezolano, al que ya se le dificulta mucho sobrevivir. Siento tristeza por este país próspero que se nos fue de las manos y no me da miedo decirlo: Jesucristo dice que las injusticias no las podemos callar».
El decreto de Chávez, una quimera
La escasez es un problema que afecta a todos los venezolanos por igual, sin importar su nivel de ingresos. Al cierre del primer semestre del año, el desabastecimiento general de bienes fue del 60,7 por ciento, según datos de la firma independiente Datanálisis. A eso se suma el alza acelerada de los precios. El Fondo Monetario Internacional estima que el país cerrará 2015 con una tasa de inflación superior del cien por cien. No existen datos reales en la nación sudamericana, ya que desde finales de 2014 el Instituto Nacional de Estadística y el Banco Central de Venezuela, los órganos oficiales encargados de informar, no revelan los indicadores de inflación y escasez, pese a que las leyes vigentes los obligan a emitir informes mensuales sobre el tema.
La firma Datanálisis también señala que en estos momentos los problemas económicos en especial, el desabastecimiento y la inflación desplazaron a la inseguridad como principal preocupación de los venezolanos desde junio de 2014. Esto pese a que, solo ese año, se registraron 24.980 muertes violentas en el país, de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia.
La historia del asilo La Providencia nos retrata esa Venezuela en tiempos del presidente Maduro. Un país claroscuro, abandonado, suspendido en el tiempo. Añorando ese pasado de bonanza y de luz que prometía un futuro mejor. En las puertas del asilo nos encontramos a Fernando. En la casa de los abuelos, lo apodan como Fernandito el Periodista. Llegó hace un par de años a las puertas del geriátrico, tocó la puerta y se quedó porque había cupo para recibirlo y aún puede valerse por sí mismo. Tiene 70 años. Dedicó toda su vida al periodismo. «Aquí soy feliz. Leo el periódico todos los días, converso con los otros compañeros, me dan la comida porque no tengo para vivir. Tengo una familiar que me trajo para acá, pero hace tiempo que no la veo». El caso de Fernando es un drama de casi todos los ancianos que allí viven. Al principio, los familiares van a visitarlos, pero con el tiempo las visitas se vuelven esporádicas, hasta que estas desaparecen en su totalidad. Otros son abandonados en las calles, condenados así a un final demasiado triste y doloroso. Son adultos mayores que no cuentan con ahorros o una pensión y, por su estado físico, no pueden ya trabajar. Se enfrentan a una total ausencia de ingresos económicos, a pesar de que el artículo 80 de la Constitución venezolana establece que el Estado «garantizará a los ancianos la atención integral y los beneficios de la seguridad social que eleven y aseguren su calidad de vida». En el año 2011 el fallecido presidente Hugo Chávez promulgó en Gaceta Oficial, con rango, valor y fuerza de ley, el decreto Gran Misión en Amor Mayor, para beneficiar a las mujeres de 55 años o más y a los hombres de 60 años en adelante. Sin embargo, esta población que suma 3.529.708 ciudadanos, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas sigue enfrentando dificultades económicas y sociales. A pesar de los esfuerzos, este decreto se incumple: en Venezuela sigue la exclusión de esta población, hay déficit de asilos y de atención médica. Todo indica, según el último censo de 2011, que en Venezuela se incrementará el número de adultos mayores y, con ellos, todos los problemas.
Si los jóvenes emigran...

Cada día crecen las listas de las personas que buscan hogar en los asilos. Una de las razones que no se veía hasta no hace muy poco es la cantidad de familias que están migrando del país y que no pueden llevarse a sus mayores.
El remedio contra la soledad

La mayoría de las religiosas que administran esta casa hogar tienen más de 60 años. Entre todas se dividen para atender a los 68 ancianos que viven allí. «Pese a los problemas, esta institución debe seguir».
La última esperanza

Eso es el asilo La Providencia. Los precios para pagar un asilo privado superan el sueldo mínimo. Para poder mantener a alguien en esos sitios, se requieren buenos ahorros o contar con ingresos en moneda extranjera.
Sin ayuda ni comprensión

Las hermanas se reúnen diariamente para ver cómo logran la comida necesaria. «Establecemos una ruta de compras pautada para cada día de la semana. Eso nos da la oportunidad de ir a varios negocios», explican. Un venezolano solo puede comprar dos litros de aceite o dos rollos de papel higiénico.
Siete hermanas Contra viento y marea

Los 68 ancianos del asilo muchos, dependientes son atendidos por solo 22 personas: las 7 hermanas de la congregación Hermanitas de los Pobres de Maiquetía y 15 personas a las que las monjas pagan a su vez un salario.
'Afortunados', pese a todo

Al principio, los familiares van a visitar a sus mayores, pero con el tiempo sus visitas se vuelven esporádicas. Después, desaparecen. Otros ancianos son abandonados en las calles, condenados así a un final más triste y doloroso.

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