BLOC CULTURAL,

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domingo, 5 de junio de 2016

EN PRIMER PLANO A FONDO - CIENFUEGOS SE QUEDA MUY CERCA DE LA MÍNIMA EN BADAJOZ CON LA MEJOR MARCA DEL AÑO,./ EL BLOC DEL CARTERO - LA CARTA DE LA SEMANA - NOVELAS QUE NUNCA ESCRIBÍ,. / PLAYOFFS - LIGA - ACB - BALONCESTO - BARCELONA -73- BASKONIA -68-,.

TITULO: EN PRIMER PLANO A FONDO - CIENFUEGOS SE QUEDA MUY CERCA DE LA MÍNIMA EN BADAJOZ CON LA MEJOR MARCA DEL AÑO,.

Cienfuegos lamenta haberse quedado muy cerca de la mínima. a.Cienfuegos se queda muy cerca de la mínima en Badajoz con la mejor marca del año,.

-foto, Cienfuegos lamenta haberse quedado muy cerca de la mínima. 
  • El lanzador montijano la deja en 74,65 en su tercer intento en el Trofeo Diputación de Badajoz,.

    Javier Cienfuegos le va ganando metros a su gran reto de la temporada. El lanzador montijano se quedó muy cerca de la mínima olímpica (77 metros) en el Trofeo Diputación de Badajoz celebrado este sábado en la Ciudad Deportiva de La Granadilla. El plusmarquista nacional de martillo registró en la capital pacense la mejor marca española de la temporada con 74,65 en su tercer intento.
    Tras proclamarse el pasado fin de semana subcampeón de la Copa de Europa de Clubes con el Playas de Castellón en Mersin (Turquía) con un segundo puesto en su actuación individual (70,94), Cienfuegos realizó en Badajoz todos sus lanzamientos por encima de los 70 metros: 70,68 en el primero, 72,52 en el segundo, 74,65 en el tercero, 72,93 en el cuarto y 73,06 en el sexto, además de un nulo en el quinto. Cienfuegos calienta así motores para el Europeo de Amsterdam del 6 al 10 en julio.
    La jornada del Trofeo Diputación no deparó ninguna sorpresa y vencieron los favoritos en sus disciplinas. Miguel Ángel Durán (Fent Cami Mislata) en peso, María Vázquez (Atletismo Badajoz) en los 200, Jonathan Gaveta (Simply Scorpio) en los 400, Iván Vázquez (VinoToro) en los 100, Carlos García (Sanvicenteño) y Laura Randos (Perceiana) en los 800, Francisco Almeida (Atletismo Badajoz) y Carmen Samino (Diocles) en altura, Sandra Rangel (Atletismo Zafra) en 1.500 y la montijana Natalia González (Piélagos) en martillo.

      TITULO: EL BLOC DEL CARTERO - LA CARTA DE LA SEMANA - NOVELAS QUE NUNCA ESCRIBÍ,.

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    Cuando vives lo suficiente y escribes lo suficiente, y pasan los años, hay un rincón del lugar de trabajo o de la biblioteca, un cajón, carpeta o archivador donde con el tiempo se van acumulando páginas escritas y nunca publicadas: novelas que empezaste y por diversas razones se quedaron a medio camino. Relatos que acabaron truncándose, historias inacabadas que a veces no pasaron de unas pocas páginas. Todos los novelistas veteranos, o muchos de ellos, tenemos ese cajón real o simbólico. Dentro del mío hay cuatro o cinco historias empezadas y nunca escritas del todo: amagos de novelas que cedieron paso a otras, integrándose a veces en ellas, y otras extinguiéndose para siempre.
    Hace pocos días anduve revolviendo ese cajón. Buscaba una idea que recordaba apuntada, insinuada hace años en uno de esos textos que nunca llegué a rematar ni publicar. Fue un ejercicio singular y más bien triste. Un sentimiento gris de pena y pérdida, como el que podría experimentarse al repasar los recuerdos de amores breves, incompletos y casi olvidados. Tristeza ante lo que pudo ser y no fue. Casi todos aquellos folios condenados al silencio, algunos amarillentos y fechados hace treinta años, estaban escritos a máquina, con correcciones manuscritas de una letra en la que a veces, incluso, me costaba reconocer la mía.
    Con esas páginas delante reflexioné sobre las causas que interrumpieron su escritura. Intenté recordar las circunstancias, los motivos. A veces fue simple prudencia: aquello no era bueno, estaba lejos de proporcionar esa grata sensación que tiene el novelista lúcido cuando avanza por el que considera buen camino. Otra fue el instinto; el «esto no va a funcionar» que cualquier escritor consciente tiene sentado en un hombro como el loro de un pirata. Como un Pepito Grillo convertido en asesor literario. En ocasiones, en mi caso y por la vida que llevé, la causa fue una nueva guerra, un viaje, una circunstancia imprevista o dramática que interrumpió el trabajo y modificó el punto de vista, el orden de prioridades bajo el que esa novela había empezado a escribirse. Y alguna vez ocurrió, simplemente, que la historia murió entre mis manos por causas naturales. A menudo, porque otra historia más poderosa, más potente, se cruzó en el camino.
    Resulta un ejercicio agridulce, curioso, ese mirar atrás con el cajón de novelista abierto. Enfrentarse a páginas escritas por el hombre que en otro tiempo fuiste, y hacerlo con la mirada que el tiempo ha ido cambiando en ti. Con tu experiencia literaria y de vida. Con la posibilidad, debido a todo eso, de leerte de un modo más penetrante o más objetivo. Como si lo que lees no fuera tuyo. A veces sólo son veinte o treinta folios; en algún caso, un centenar. Y mientras pasas las páginas, en ocasiones reconoces ideas, situaciones, personajes que usaste para otras historias. Que se aferraron a ti, pese a la novela frustrada , y permanecieron contigo hasta ver la luz en textos por completo diferentes. O no tan diferentes, cuando se trata de escritores fieles a un mundo original y propio. A un mismo territorio.Ha sido interesante, también, rastrear lo recuperado en novelas posteriores: esas cosas recicladas o utilizadas después, al fin, de forma más eficaz que en su frustrada o incompleta versión original. Incluso los títulos; porque hay dos, La piel del tambor y El pintor de batallas, que en principio encabezaban novelas distintas a las que acabaron siendo. Y otra de ellas, abandonada durante dos décadas, consistente en sólo quince folios mecanografiados, acabó siendo, hace ahora cuatro o cinco años, El tango de la Guardia Vieja. Demostrando así que el cajón de un novelista nunca es ataúd, sino depósito temporal donde algunas cosas mueren y otras regresan con el tiempo. Por eso nunca hay que tirar nada, por malo que parezca, sino guardarlo en el lugar adecuado y dejarlo reposar. Fermentar. Pues nunca se sabe.
    Aun así, es inevitable que el ejercicio acabe dejándote un poso de tristeza. Releyendo esas páginas recuerdas el impulso que te llevó a ellas, la documentación de los momentos iniciales, la ilusión de aquellos primeros y apasionados teclazos. La certeza, sin la cual no hay novelista que valga la pena, de que lo que empiezas va a ser lo mejor que hayas escrito nunca: la novela definitiva, perfecta. Y ahora, sabiendo que ninguna de ellas lo fue de verdad, acaricias las páginas que en su momento significaron lo más importante de tu vida, la concentración de tu talento, tu esfuerzo y tu trabajo, y las devuelves al cajón de los mundos olvidados con una intensa melancolía.


     

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