TITULO: DESAYUNO CENA FIN SABADO - La matemática del espejo - María del Carmen Linares,.
DESAYUNO CENA FIN SABADO - La matemática del espejo - María del Carmen Linares, fotos,.
María del Carmen Linares,.

María del Carmen Linares: «Un diácono permanente no quiere menos a su esposa»,.
Esta psicóloga ha escrito Mi voluntad es la vuestra, donde cuenta cómo, al ordenarse su marido diácono permanente, «entendí rápido» que es una tarea compartida. También una gracia,.
( Desayuno )
Ha publicado un libro
sobre cómo ha acompañado la vocación al diaconado permanente de su
marido, José Antonio Tamargo, en la parroquia madrileña Nuestra Señora
de los Apóstoles. Es algo bueno, pero habrá dificultades.
Es un camino que requiere dar un sí.
Hemos sido de parroquia desde siempre, teníamos muchas tareas y, cuando
se presentó la posibilidad, nos pareció que era algo más a encajar en
la agenda. Pero te das cuenta de que no es una tarea, sino una misión para toda la vida que no tiene posibilidad de marcha atrás porque imprime carácter. Tienes que estar muy seguro antes de tomar la decisión.
( Cena )
La misión no entenderá de horarios.
A veces nos
hemos encontrado con gente que te aborda a corazón abierto en cualquier
sitio sin que lo esperes. Por ejemplo, entrar en una notaría y que un
abogado te entregue una parte muy íntima de su fe y de su corazón. No
solo a José Antonio, mi marido, sino a los dos. La gente te ve con un
ministro que está en el altar, pero que sale al mundo, y se dice: «Este
es de los nuestros, a este sí le puedo contar, este me va a entender».
Entonces, sin estar ordenada, usted desempeña cierto rol. Es una opción que implica renuncias del entorno.
Cuando
vamos a Misa, José Antonio está en el altar. Antes nos sentábamos
juntos y en el padrenuestro nos podíamos coger de la mano o nos dábamos
la paz. Ahora no. Entonces tengo un ángulo escogido para que me pueda
mirar sin girar la cabeza. En mi parroquia, la gente ya lo sabe y notas
que en esos momentos te está observando; no para mal, pero se está
mirando en ti y está viendo todo lo que haces. Yo no tengo la libertad
de sacar los pies del tiesto porque eso escandalizaría a los hijos de
Dios. Eso me coarta, pero ya sabía dónde me metía. O si salgo con José
Antonio y va vestido con el alba y me va a dar la mano, le digo que no
porque nos va a ver la gente y no todos saben que tenemos un sacramento
anterior.
¿Usted sospechaba que su marido iba a querer ser diácono permanente?
La
primera vez que nuestro párroco le dijo «la Iglesia necesita hombres
como tú, entregados, que se hagan diáconos permanentes», lo hizo porque
veía que era un hombre de catequesis. Hay gente que tiene cierto olfato
para estas cosas. Este sacerdote había sido misionero muchos años en
Argentina y allí el diaconado está mucho más implementado que en España.
Hasta ese día nunca habíamos visto a nadie que fuese diácono
permanente.
¿Qué hay que tener en mente para acompañar esto?
Esto
no es como el que se apunta a clases de pádel, a un club de lectura o a
hacer una carrera nueva, ni aunque sea Teología. Es un salto mortal y
se juega en otra liga. Si lo ves como «mi marido quiere hacerse
diácono», te cuesta mucho más porque lo entiendes como decisión suya.
Solo comprendes si ves que la llamada es del Señor, que ha recibido y
siente la necesidad de responder. No es que se quiera menos a la esposa
ni que se ponga a la familia en segundo plano; es que tiene esa vocación
y hay que integrarla dentro del sacramento del Matrimonio. Si lo ves
como: «Tú haz lo que quieras, que yo voy a seguir haciendo lo que
quiera», te equivocas.
¿En estos dos años ha evolucionado su mirada?
Lo
sabes acompañar mejor. Aquí en Madrid hay formación para esposas y te
dicen: «El Señor te va a ayudar, te va a dar la gracia». Es una misión
compartida en tarea y gracia. Yo lo de la tarea la comprendí rapidísimo,
eso fue muy fácil. Pero, ¿y lo de compartir la gracia? Ahora estoy
viendo los frutos. Son del todo inmerecidos, son regalos que vamos
encontrando en nuestro día a día. Si tienes los ojos un poquito
abiertos, ves a lo que se referían cuando decían que ibas a compartir la
gracia. Esta es una cosa que no para de sorprenderte. Estos dos años
para mí han sido una luna de miel. Ha sido tan bonito… Hemos recibido
muchos regalos espirituales de cariño y de afecto. José Antonio ha
bautizado a niños a los que doy catequesis y me siento muy afortunada.
Cuando José Antonio sirve, ¿usted qué hace mientras tanto?
Si
va a la Eucaristía, yo también suelo ir. Si es un bautizo y puedo, voy y
me siento en el último banco. Pero hace mucho más. A llevar la comunión
a enfermos y ancianos no voy porque ya hay un grupo de ministros
especiales para hacerlo y yo no he sido llamada a eso. Al acompañamiento
espiritual no voy porque es una cosa totalmente individual y secreta.
Mientras, me suelo quedar en casa leyendo cosas que tengo pendientes.
¿Habrá más diáconos permanentes?
El obispo
responsable del cuidado de los diáconos [el auxiliar Vicente Marín, N.
d. R.] nos suele decir que esta es una vocación muy nueva. No tiene ni
60 años. Despertando la sensibilidad y viéndolo, se entiende mejor.
Desde aquella vez que dijeron a José Antonio «tú serías un buen
diácono», pasamos un año buscando a alguno para ver cómo se relacionaba
con su familia. Cuanto más lo visibilizas, más gente se lo puede
cuestionar. Hay compañeros que notaban esa llamada del Señor desde
pequeños y no sabían ponerle nombre. Tú no te la das, pero necesitas
oídos para interpretarla. Es más fácil si ves a alguien que se parece a
ti.