BLOC CULTURAL,

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domingo, 28 de junio de 2026

El Telediario La 1 - Renfe - El cambiador de Vilecha se cobra una nueva víctima al retener el AVE de Madrid a León ,. / EL MAGO DEL TIEMPO - Temperaturas muy altas, por encima de 34-36 grados, en gran parte del sur y sureste, así como en el nordeste y Baleares,. / Volando voy - Jesús Calleja - María Galán,.

     TITULO:  El Telediario La 1 - Renfe - El cambiador de Vilecha se cobra una nueva víctima al retener el AVE de Madrid a León ,.

 Renfe - El cambiador de Vilecha se cobra una nueva víctima al retener el AVE de Madrid a León ,.

El tren estuvo detenido durante más de 15 minutos en el enésimo episodio por fallos de estructura a la llegada a la capital leonesa,.


Imagen de archivo de un tren de Alta Velocidad.

El día de la marmota en el cambiador de Vilecha. El tren de alta velocidad que salía de la Estación de Madrid-Chamartín-Clara Campoamor y que tenía su llegada prevista a León este miércoles a las 17:09 horas ha quedado retenido durante un rato ante la desesperación de los pasajeros.

El tren 04151 salió de la capital de España a las 15:05 horas y tras pasar por Segovia, Valladolid y Palencia acumulaba un retraso de 11 minutos. Sin embargo, a su llegada a León volvió a sufrir el incidente habitual en el cambiador de Vilecha.

El cambiador sirve para que el tren haga el cambio de vía, de ancho internacional a ibérico, -el tramo entre León y La Robla (inicio de la variante de Pajares) aún tiene este tipo de vía-, y para un cambio de tensiones que obliga a reiniciar la máquina.

Aquí es donde suceden los problemas habituales y Renfe confirma que el retraso es debido a una incidencia en la estructura ferroviaria de Adif.

El tren ha llegado a León 29 minutos más tarde de lo previsto, a las 17:38 horas, y acumulará este retraso en sus próximos destinos, Oviedo y Gijón.

TITULO: EL MAGO DEL TIEMPO - Temperaturas muy altas, por encima de 34-36 grados, en gran parte del sur y sureste, así como en el nordeste y Baleares,.

 Temperaturas muy altas, por encima de 34-36 grados, en gran parte del sur y sureste, así como en el nordeste y Baleares,.

 El tiempo - Temperaturas muy altas, por encima de 34-36 grados, en gran parte del sur y sureste, así como en el nordeste y Baleares

foto / Este día se espera una situación en la que predomine la estabilidad, aunque el Cantábrico y Galicia podrían quedar bajo una circulación atlántica, con chubascos y precipitaciones en general débiles. En el resto, predominarán los cielos poco nubosos o despejados, con presencia de nubes altas y algunas nubes bajas en el área mediterránea. Por la tarde se desarrollará nubosidad de evolución en la Península, que en zonas del norte, alto Ebro e Ibéricas, irá con chubascos y tormentas aislados que, aun así, pueden ser puntualmente fuertes. No se descarta tampoco tormentas aisladas en general en el este de Castilla la Mancha y sierras del sureste. En Canarias se esperan intervalos nubosos y precipitaciones débiles en el norte de las islas, más abundantes en La Palma, y cielos poco nubosos o despejados en el sur.

Son probables las brumas o bancos de niebla matinales en el Cantábrico, Galicia y de forma puntual en los litorales mediterráneos.

Las temperaturas máximas ascenderán en la Península salvo en el Cantábrico y los litorales del nordeste, donde descenderán. Las mínimas, ascenderán en general de forma ligera excepto en Andalucía y la meseta sur, donde los ascensos serán algo mayores y descenderán en el oeste de Galicia. Se superarán los 34-36 grados en el nordeste, pudiendo llegar a 36-38 en el valle del Ebro, también 34-36 grados en Andalucía, el este de la meseta sur, Baleares y, puntualmente, en otros puntos del este peninsular. También 36-38 grados en el valle del Guadalquivir. Sin cambios significativos en los archipiélagos.

Viento en general flojo, puntualmente moderado, con predominio del sudoeste en la vertiente atlántica, del norte en el Cantábrico y del sudeste en el tercio oriental. En el Estrecho y Alborán sopla poniente, rolando a levante. En Canarias, alisio moderado.

TITULO:  Volando voy -  Jesús Calleja - María Galán ,.    

 Este domingo - 5 - Julio a las 21.30,Cuatro emite una nueva entrega de 'Volando voy María Galán , foto,.

 María Galán,.

 María Galán sentada, sonriente, y rodeada de algunos de los 32 niños ugandeses con los que vive formando una familia en el hogar de Kikaya.

María Galán, coordinadora de la ONG Babies Uganda: «El boom de Instagram ha multiplicado los padrinos»,.

El lugar en el mundo de esta joven madrileña está en Uganda. Ahí se desarrollan los proyectos educativos y de salud de la ONG a la que dedica su vida, y es el país en el que vive, desde hace cinco años, con 32 niños acogidos que son su familia.

Es primavera, pero el día de mi cita con María Galán (Madrid, 1997) llueve con fuerza en Madrid, donde ella ha venido a pasar unos días. El tráfico se pone infernal y los nervios de punta. Yo llego corriendo. Ella me espera sentada, sencilla, con un vaso de agua, y transmite una paz que contrasta con mi aceleración. Está bronceada por el sol y, en ese día gris y loco, parece de otro mundo. Y es que lo es. De Uganda. Ese es su sitio y, más concretamente, los proyectos de la fundación Babies Uganda, que lidera sobre el terreno desde hace cinco años.

Pero la historia de esta ONG empieza con la madre de María, Montserrat Martínez. «No eligió Uganda. Fue allí porque es donde le surgió la oportunidad. Mis hermanos y yo éramos bastante pequeños, pero ella quería ver con sus propios ojos lo que pasaba en países como este. Estando allí, conoce un orfanato que va a cerrar por falta de fondos. Para evitarlo, se une a Maribel (García), voluntaria desde España de la misma organización con la que viajó mi madre, y en 2012 fundan Babies Uganda», narra.

Un trabajador social de allí les cedió una tierra y ellas consiguieron fondos para construir un hogar. «Desde entonces no han parado», afirma María. «Aún seguimos ayudando a ese primer orfanato por el que surge Babies Uganda, pero ahora ya tenemos el nuestro y estamos construyendo otro. Además, tenemos colegios, clínicas y cada vez más proyectos», se embala María. Pero antes queremos saber cómo entra ella en esta historia.

María con sus niños en la isla de Kava Cortesía

Dejarlo todo

«En mi casa siempre he vivido de cerca lo que es ayudar pero, por lo demás, yo llevaba una vida como la de cualquier persona de mi edad: me encantaba salir y estar con mis amigos», reconoce María. Con 18 años fue por primera vez a Uganda: «Estudiaba Economía y Negocios Internacionales y ese verano me fui para allá con dos amigas para probar. Estuvimos 20 días y fue una experiencia increíble». María no volvió de ese viaje pensando en irse a vivir a Uganda, pero su madre le ha dicho que lo supo en cuanto llegó.

En los años siguientes viajaba siempre que podía: «Sólo quería aprobar los exámenes para no tener recuperaciones e irme antes, y ya no iba 20 días sino todo el verano». Durante el curso, trabajaba los fines de semana para pagarse los vuelos y en 2020, cuando terminó la carrera y le tocó elegir las prácticas, entró en una crisis existencial: «O me las convalidan en Uganda o yo no sé qué voy a hacer. Por suerte así fue porque al final una ONG es como una empresa pero sin ánimo de lucro», cuenta. Estando allí llegó el Covid y, en vez de tres meses, se tuvo que quedar seis porque cerraron el aeropuerto. «Eso ya fue una temporada suficiente como para decir: «Me quedo». Por suerte pasé esos meses allí con mi pareja y con los niños en un terreno bastante grande. ¡Nuestro encierro fue un lujo!», exclama.

Cuando recuerda su experiencia como voluntaria asegura que ahora haría las cosas de otra manera y admite que se ha vuelto crítica con el voluntariado «mal gestionado y sin conciencia porque ahora hay mucho volunturismo». En Babies Uganda hubo voluntarios y reconoce que puede funcionar al principio de las ONG «cuando necesitas que la gente confíe en ti yendo y viendo que todo es real, o cuando necesitas un poco de ayuda para mano de obra. Pero en el momento que puedes contratar, es mejor tener gente local que dé estabilidad y continuidad al proyecto, y que tenga los mismos valores, la misma cultura». Ahora en Babies Uganda sólo reciben voluntariado especializado para formar a los locales en algo específico.

Después del Covid, María volvió a España: «Ningún día dije: «Me voy a vivir a Uganda», porque sabía que me iba a enfrentar a preguntas de mis padres y de la gente que me quiere que no iba a saber responder. Entonces, yo me iba comprando billetes hasta que Madrid se fue convirtiendo en una visita y Uganda en mi hogar. Pero fue algo fluido, muy poco a poco y así fue también asumido por la gente», explica.

¿Qué le atrapaba de Uganda? No sabe concretar: «Sólo sentía que tenía que exprimir cada minuto del día, era incapaz de sentarme, tenía como esa ansiedad de hacer, de conocer, de hablar, de estar con los niños…». Con el tiempo se empezó a sentir responsable de aquello, de la gente, de los niños: «Me vi capaz de cosas que sabía que, si me quedaba en España, no se iban a hacer. Y quise intentarlo. Aunque nunca imaginé que íbamos a llegar a lo que tenemos ahora. He visto a muchos voluntarios que les decían: «Te quiero, el año que viene vuelvo». Y ni te quiero ni el año que viene vuelvo. Yo también lo dije y si no lo hubiera cumplido a lo mejor hubiera dolido un poco. Tengo una carta de 2018 en la que le digo a una de las niñas que me encantaría cuidarla todos los días. Y fue verdad», cuenta.

Cuando hablamos de cómo lo vive su entorno de aquí nos cuenta que su madre a veces «se siente un poco culpable». Pero lo que más le dice la gente es que se lo pase bien. «Piensan que mi plan allí es superdivertido, como si estar todo el día con 32 niños y rodeados de necesidad fuera fácil. Claro que tenemos momentos superchulos, pero vamos, que a pasármelo bien no voy».

María vive ligera de equipaje en todos los sentidos. Lo que traslada lo lleva en cabina: «Un neceser que tengo desde hace un mes porque como sólo meto el cepillo de dientes… Y nada de ropa porque la que llevamos allí no es la misma que te pones aquí. Y objetos personales es que no tengo». ¿Ni un libro? «Nada». ¿Vives desprendida de todo lo material? «100%». Lo que facturan son siempre cosas para los proyectos, o comida, que eso sí se lleva: «Ahora vengo de comprar mucho queso, de todo tipo, que allí es carísimo. También llevo embutidos, mucho fuet, picos y tonterías así». ¿Y sus múltiples collares y pulseras? «Me los hacen los niños, por mi cumple y, según se van rompiendo, los voy reponiendo porque tengo muchísimos».

María con Vicent, uno de sus peques. Cortesía

Un reto: la discapacidad

«Llegué a Babies Uganda cuando la ONG ya estaba muy estabilizada». Al principio el reto fue cambiarles la perspectiva: María pasaba de ser una voluntaria a formar parte del equipo, de estar allí dos meses a vivir con ellos. Y el encaje no siempre fue fácil. «He ido cogiendo responsabilidades según he ido estando allí», explica. «Quería ofrecer una mirada más cercana, por eso empecé con las redes sociales (@auntie_mariagalan y @babiesuganda). El boom de Instagram ha multiplicado los padrinos y eso nos permite abrir cada vez más proyectos».

Ahora trabajan en cuatro zonas donde intentan cubrir sanidad y educación. «Tenemos coles de infantil, primaria y secundaria y tres clínicas con tratamiento y asistencia gratuita. Ya son más de 10.000 personas las que se benefician de todo esto. Tenemos un centro de música, campos de deporte, un cole para niños ciegos, uno de educación especial… Ahora estamos yendo mucho por la rama de la discapacidad». De manera fija dan trabajo a más de 250 personas, pero generan mucho empleo indirecto alrededor de los proyectos.

María vive en Kikaya con 32 niños, en el hogar que fue el primer proyecto de Babies Uganda: «Lo llamamos hogar, porque somos una familia de verdad». Pero visita a menudo los proyectos que tienen en otras zonas (todas a una hora más o menos): en Buwama, la isla de Zinga, la zona inundada y en la isla de Kava donde han construido unos baños comunitarios. María es la única persona de fuera de Uganda que vive allí. Su pareja, que pasa con ella la mitad del año, ahora vuelve a España donde atiende un negocio familiar durante los meses de verano: «Él no trabaja en la ONG pero me ayuda en todo, y con los niños. Está el primero para lo que se necesite».

María se comunica en inglés y chapurrea algún dialecto. Ha aprendido a observar, a leer miradas y a tener paciencia: «Allí la he desarrollado muchísimo». En Kikaya los días son muy cortos. «Los niños se despiertan a las 5:00, a las 7:00 empiezan el cole, a las 13:00 llegan los de infantil, a las 17:00 los de primaria y nos ponemos con deberes. ¡Imagínate con 32! Luego cenas y duchas antes de las 19:00 porque a las 20:00 empezamos a meternos en la cama. Y, entremedias, visito algún proyecto o lo que surja».

María vive con 32 niños, 5 con discapacidad, «nuestra familia está ya completa». Sus peques tienen entre 3 y 18 años «pero no porque a los 18 se tengan que ir sino porque, de momento, no han crecido más», ríe. Cuenta que sus niños de 18 están en segundo de la ESO «porque hasta llegar al hogar nunca habían estudiado», y afirma que cada uno irá eligiendo su camino, «ir a la universidad o montar una granja, siempre que sean responsables». Y todo con su respaldo «como en cualquier familia», porque esto no es una institución que haya que abandonar en algún momento: «Es una familia, ese era mi mayor objetivo». ¿La llaman mamá? «Allí los niños nos dicen auntie a las mujeres que los cuidamos, somos 7, y uncle a los hombres, que son 3».

Entre sus principales retos está atender la discapacidad. «En Uganda no hay oportunidades para estos niños. Los padres no tienen conocimientos ni recursos para activarles y los dejan en una esquina. Allí hay casos muy extremos que aquí ya no se ven porque esos niños no llegan a nacer. Nosotros enseñamos a los padres que sus hijos también pueden desarrollarse y participar, aunque sea de otra forma». Y cuenta cómo todo esto surge de sus niños: «Dudu, mi princesa, tiene síndrome de Down. ¿Dónde la llevo al colegio? Pues le construimos uno. Todo gira en torno a ellos. También me gusta sentir que, cuando metemos a esos niños al cole, le damos un poco de luz y un respiro a esas madres que no saben qué hacer con ellos».

Sus 32 peques son totalmente distintos al resto de los 2.000 que están en el cole. «Y, entre ellos, con quien tengo una relación especial es con Dudu. Con un mes estaba superdesnutrida, sola en casa, en un colchón mugriento… Luché para que la dejaran con nosotros. Hemos pasado mucho con la operación de corazón… Se me cae la baba con ella». María está intentando establecer un vínculo legal, pero es muy lento y dice que un papel tampoco le cambia nada.

Cuando viene a España descansa. «Allí el día a día te consume. Mi pareja y yo hablamos de tomarnos los viernes libres, pero no lo hemos conseguido». Últimamente, lo que más le choca de aquí «es la artificialidad de todo, los morros así (con relleno) por todas partes. Como allí no ves nada artificial y estamos todo el día en la naturaleza… Es otra realidad». Pero en Uganda echa de menos la vida social —«allí no tenemos nada»— y sentirse parte de verdad: «Siendo la única blanca nunca pasas desapercibida, y eso que lo intento». ¿Piensa en un futuro en España? «No, no podría perdonármelo nunca. Además, no me veo haciendo aquí nada. Mi vida está allí». ¿Y tener hijos? «Tampoco es una opción. No necesito criar a nadie más, lo que tengo es una familia de verdad». Y le da igual si se entiende o no. Pero se entiende. Porque se ilumina.

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