TITULO:LA LOTERIA DEL VIERNES - ¿Dónde está Wally? - Empresa Economía - El impuesto mínimo a las multinacionales pierde fuerza y deja en desventaja a la UE ,.
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El impuesto mínimo a las multinacionales pierde fuerza y deja en desventaja a la UE,.
La revisión de la propuesta inicial que ha hecho la OCDE, que exime del tributo a las empresas estadounidenses, lastra la iniciativa global,.

El nuevo año ha arrancado con un hito ambiguo en la historia reciente de la fiscalidad internacional. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) anunció el lunes como una “decisión histórica” la adopción formal de una nueva versión del impuesto mínimo del 15% a las grandes multinacionales. El amplio consenso alcanzado ,.
El impuesto mínimo del 15% a las multinacionales fue presentado en 2021 como un punto de inflexión en la fiscalidad internacional. Por primera vez, más de 130 países acordaban poner un suelo común al impuesto de sociedades para evitar que las grandes corporaciones trasladaran artificialmente sus beneficios a territorios con baja tributación. La idea era sencilla de explicar y ambiciosa en sus efectos: si una multinacional factura más de 750 millones de euros, debe pagar al menos un 15% de impuestos sobre sus beneficios, esté donde esté.
El objetivo no era castigar el éxito empresarial, sino corregir una anomalía. Mientras pymes y trabajadores tributan donde operan, muchas grandes empresas juegan en un tablero distinto, moviendo beneficios como si fueran fichas de ajedrez. El impuesto mínimo pretendía cerrar esa grieta y frenar una carrera a la baja entre Estados que, en la práctica, acaba debilitando los ingresos públicos y la confianza ciudadana.
El giro de la OCDE y el peso de Estados Unidos
La reciente decisión de la OCDE de adaptar este impuesto a las exigencias de Estados Unidos introduce una excepción de gran calado. Las multinacionales con matriz estadounidense quedarán fuera del gravamen internacional, al considerarse que Washington ya aplica un sistema propio para gravar los beneficios obtenidos en el extranjero. En la práctica, se acepta un modelo alternativo diseñado según reglas nacionales y no comunes.
Este movimiento no surge de la nada. Estados Unidos, hogar de muchas de las mayores multinacionales del mundo, nunca terminó de abrazar el acuerdo. La oposición frontal de la Administración Trump, con amenazas de represalias fiscales, ha pesado más que la lógica del consenso. El resultado es un traje a medida que rompe la simetría del sistema. Cuando las reglas no son iguales para todos, la idea de suelo común pierde solidez.
Un multilateralismo a dos velocidades
El riesgo ahora es evidente. El llamado pilar dos, corazón del impuesto mínimo, queda debilitado. Las empresas europeas y de otros países deberán cumplir unas normas más estrictas que sus competidoras estadounidenses. Esto no solo genera una ventaja competitiva desigual, sino que también lanza un mensaje incómodo sobre el equilibrio de poder en la gobernanza global.
Además, la Unión Europea ya ha incorporado este impuesto a su legislación, lo que abre interrogantes técnicos y políticos. ¿Tiene sentido mantener una directiva que nace desfasada? ¿Cómo se explica a la ciudadanía que el esfuerzo por una fiscalidad más justa acaba topándose con excepciones dictadas por los más fuertes?
El impuesto mínimo global sigue siendo una herramienta valiosa, pero su credibilidad depende de la coherencia. Si el sistema se parece a un edificio al que se le quita un pilar clave, la estabilidad queda en entredicho. La solución no pasa por abandonar el camino, sino por reforzar la cooperación y exigir reglas claras y compartidas. La justicia fiscal, como la confianza, se construye sin atajos y con reglas que valgan para todos.