EL BLOC DEL CARTERO - LA VIDA IMITA AL ARTES,./ LA CARTA DE LA SEMANA - LA VUELTA AL MUNDO EN 353 DÍAS,.
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Dijo Aristóteles que el arte imita a la vida. El hombre se afana en
completar los vacíos de la naturaleza, en corregir sus errores. A veces
acierta y consigue perfeccionar lo imperfecto. Otras veces, en su
soberbia, arruina lo maravilloso. Y en ocasiones, incluso, aspira a ser
dios y a insuflar vida a lo que por definición es inerte. La artista
rusa Maria Gasanova es una de las seguidoras del movimiento Alive
Painting (pintura viva), una tendencia que explora las fronteras entre
la realidad y la creación artística. En la fotografía, dos modelos
coloreadas por Gasanova en un escenario igualmente manipulado por la
creadora rusa quedan congeladas en un cuadro pop. La performance se
presentó en el festival de arte de la ciudad siberiana de Krasnoyarsk,
pero la tendencia es ya global: empezó con el llamado Body Painting, que
convertía la piel humana en un lienzo, y se extendió después a los
objetos y los paisajes. El pincel convierte lo real en irreal y lo falso
en auténtico. Los artistas aplanan la vida, le roban la tercera
dimensión, hasta transformarla en una superficie. Juegan así con nuestra
percepción, engañan a nuestro cerebro. Es la vida imitando al arte.
TÍTULO: LA CARTA DE LA SEMANA - LA VUELTA AL MUNDO EN 353 DÍAS,.
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Dos extremeños han recorrido 15 países y 100.000 kilómetros en el último año,.
Dejaron su trabajo como agentes de comercio en Barcelona «para
salir de la rutina y del espacio de confort» y emprender una aventura,.
Trescientos cincuenta y tres días después, Jorge y Estefanía han
terminado su vuelta al mundo. Han sido 15 países (Chile, Bolivia, Perú,
Ecuador, Colombia, Brasil, Argentina, Nueva Zelanda, Australia, Malasia,
Vietnam, Laos, Tailandia, Camboya y Myanmar, antigua Birmania) y casi
cien mil kilómetros los que han recorrido. «Sin un rumbo fijo», pero
con la idea clara de conocer otros países y otras culturas.
Jorge Figueroa tiene 31 años y es de Calamonte. Estefanía Benítez
nació en Mérida y ha cumplido 30 años durante el viaje. Ambos trabajaban
como agentes de comercio en una empresa de Barcelona. Dejaron su
trabajo y se lanzaron a la aventura. «Salir de la zona de confort, de
esa estabilidad que te da el trabajo y la rutina, era algo que
necesitábamos hacer. Por eso decidimos empezar este viaje, esta
aventura, que desde luego esperamos poder repetir sin un rumbo fijo».
Tras esta experiencia se plantean convertir su pasión en su
profesión. «Tenemos muchos proyectos. Durante este año hemos tenido
mucho tiempo para nosotros, para pensar. Y además de tener en mente
alguna idea empresarial, el próximo año vamos a hacer la vuelta a
Extremadura pero de una forma más profesional, descubriendo y enseñando
sitios, con patrocinadores», señalan ambos con una ilusión que se le
refleja en la cara.
Para ellos es difícil escoger un lugar de entre los miles que han
visitado, pero hay sitios que les han marcado. «Podríamos decir que las
cataratas de Iguazú o Halong Bay, o Bagan o Angkor Wat. Son de lo que
más nos han gustado. Es difícil quedarse con uno solo, pero sin duda lo
que más nos ha impresionado durante este año ha sido la gente que nos
hemos encontrado, ya fueran viajeros o vecinos, siempre han estado
dispuestos a charlar, ayudarnos o incluso a alojarnos en sus casas»,
señalan.
También hubo impresiones agridulces, como en Vietnam. «Ho-chi min es
una ciudad de ocho millones de personas donde hay más de cinco millones
de motos y cruzar la calle es una auténtica odisea», coinciden Jorge y
Estefanía. Lo señalan como uno de los países menos agradables porque
está masificado.
«La gente no es tan simpática como hace años atrás. Suponemos que ya
están asqueados de tanto turismo y a esto se le debe sumar que las
agencias turísticas pueden hacerte pasar unas malas vacaciones si se
eliges de manera errónea».
Avión, tren, barco, autocaravana, coche. Y sobre todo, andar. Ese ha
sido el día a día durante un año de viaje al que solo le han faltado
siete días. Jorge y Estefanía coinciden en afirmar que los mejores
momentos del viaje se han producido cuando los amigos y familiares les
han visitado. «Las semanas antes a su llegada y durante su estancia nos
llenábamos de muchísima energía por la felicidad que nos suponía.
Mientras que estábamos con ellos era un no parar de reír y disfrutar en
todo momento de lo que había a nuestro alrededor».
Solo se traen un mal sabor de boca. «En Ecuador nos robaron. De día.
Un domingo. En un autobús. Y además estaba la comisaría cerrada. La
policía no nos ayudó nada. No hacían más que decirnos que la culpa era
nuestra. Fue un momento que nos descuidamos. Perdimos de vista las
mochilas y adiós al dinero, la cámara de fotos, las tarjetas. En diez
años que llevamos viajando, es la primera vez que nos roban. Estábamos a
punto de pasar a Colombia por la frontera sur, donde actúa la guerrilla
de las FARC y la policía ecuatoriana no nos ayudó. Casi que se reían de
nosotros».
Y si ese fue el peor momento del viaje, uno de los mejores se produjo
poco después. «Había mucha gente observándonos, viéndonos desesperados
después del robo. Y una persona, un poco después, hasta nos dio diez
dólares. Y eso nos llegó», afirma Estefanía.
A continuación se dirigieron a la frontera de Ecuador con Colombia y
comprobaron de cerca la tensión que se vive en esta zona. «Una policía
de narcóticos ecuatoriana nos ayudó. Nos llegó a pagar hasta una noche
en un hostal. Y no nos dejó continuar de noche el viaje por el peligro
de las FARC. Nos llegó a decir que, si hacía falta, nos detenía, pero
que así no íbamos a continuar el viaje. Contó que familiares suyos se
fueron hace muchos años a España y allí hubo gente que les ayudó. Es lo
mínimo que puedo hacer por vosotros», nos dijo. Otro de los lugares más
impactantes para esta pareja ha sido el Machu-Pichu y el camino del
Inca, es decir, el recorrido que se hace para llegar hasta la ciudad de
los incas, situada a casi dos mil quinientos metros de altitud.
«La Isla de Pascua también es un lugar mágico», añade Estefanía. «Es
maravilloso y el campamento donde nos quedamos te permitía estar en un
lugar único. Además, había unos acantilados espectaculares», afirma
Jorge. «Sentarte y mirar el Pacífico a tus pies es una sensación
impresionante», señala de esta isla chilena situada en la Polinesia a
casi cuatro mil kilómetros de Santiago de Chile.
Artículos en HOY
«Otro momento maravilloso del viaje fue el de mi treinta cumpleaños»,
relata Estefanía. «Un amigo se presentó a vernos y nos trajo de regalo
los recortes de todos los artículos que se han ido publicando en
HOY-Calamonte sobre nuestro viaje. Eso me hizo una ilusión tremenda»,
afirma esta joven. El encuentro con su amigo 'Chapu' tuvo lugar en Phnom
Penh, Camboya, y recorrieron Battambang y Siem Reap para terminar
cruzando la frontera tailandesa hasta llegar a Bangkok.
«El fin de año lo pasamos en Medellín, Colombia. Fue curioso porque
estábamos en un hostal con más viajeros y al final conseguimos que todos
celebraran el año nuevo comiendo uvas, algo que es propio de aquí, de
España, y algún país más de Europa, pero poco más. Y quedó divertido, la
verdad. Además de la cena que hicimos a base de tapas».
En otro lugar del mundo, en otro lugar perdido, en la Isla de Koh
Rong al sur de Camboya, vivieron un momento musical imborrable. De
repente, escucharon una canción de Joaquín Sabina. En una de sus letras,
el de Baeza dice que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar
de volver». «Pero nosotros decidimos volver a visitar Melbourne, en
Australia. Fue una ciudad que nos encantó cuando la visitamos hace
cuatro o cinco años y nos daba un poco de miedo volver allí por si se
rompía la magia. Pero en absoluto. Nos volvió a sorprender. Y si
tuviéramos la opción de irnos allí, lo haríamos con los ojos cerrados».
«Lo que más hemos echado de menos ha sido la comida. Y sobre todo el
jamón, claro. A los pocos días de llegar tuvimos una boda y creo que nos
comimos el jamón de todos», afirman entre risas.
No es para menos. Aunque ya han recuperado algo de lo perdido, Jorge
llegó a adelgazar diecisiete kilos durante el viaje y Estefanía siete.
«La alimentación es muy diferente. Y cuesta acostumbrarte. Y hay países
donde comen cosas poco variadas: arroz, fideos, patatas y algo de carne.
Y poco más», afirma un Jorge que parece ir recuperando la figura.
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