BLOC CULTURAL,

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martes, 9 de septiembre de 2014

CAFE, COPA, FUTBOL, LA CARTA DE LA SEMANA, ANTE MI CADAVER,./ EL BLOC DEL CARTERO, UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXX)

TÍTULO: CAFE, COPA, FUTBOL, LA CARTA DE LA SEMANA, ANTE MI CADAVER,.

Ante mi cadáver. A todos nos ha ocurrido: es un sentimiento de amputación, allá en las ...foto,.

A todos nos ha ocurrido: es un sentimiento de amputación, allá en las cámaras más secretas de nuestra intimidad, cada vez que descubrimos que algo muy significativo de nuestra vida se ha esfumado como por arte de ensalmo. Nos ocurre cuando probamos en un restaurante un guiso con los mismos ingredientes que el guiso que nos hacía nuestra abuela (pero, al probarlo, constatamos que el guiso de nuestra abuela es irrepetible); nos ocurre cuando buscamos en nuestra biblioteca aquel libro que llenó de luz nuestra adolescencia, para finalmente aceptar que lo hemos perdido en alguna mudanza (y entonces un puñal de dolor nos escarba, porque con ese libro desaparece la exultación de aquellos años); nos ocurre cuando volvemos a la ciudad de nuestra infancia y, paseando sus calles, descubrimos que donde había una mercería en la que trabajaba una dependienta que nos hacía temblar de veneración y deseo hay ahora una apestosa tienda de teléfonos móviles o un chiscón (algo menos apestoso) de comida turca. Estas amputaciones tienen algo de ultrajes morales, de dentelladas que nos afeitan un pedazo de alma (el pedazo más vulnerable y delicado), dejándonos una mancilla muy difícil de borrar. Y así, soportando tales amputaciones, nos vamos muriendo poco a poco, convirtiéndonos quevedianamente en «presentes sucesiones de difunto».
Hace poco sufrí una de estas amputaciones que nos dejan heridos para siempre. Desde que soy niño, veraneo en Verín, donde mis abuelos (que en paz descansen) iban a 'tomar las aguas' medicinales de Sousas y Cabreiroá. Los alrededores del pueblo de Cabreiroá fueron escenario de muchos de mis retozos infantiles: cerca de la planta embotelladora (entonces modesta, hoy monstruosa) había un prado donde pacían las vacas; y, algo más allá, un arroyo de aguas límpidas, cabrilleantes entre las piedras del lecho, que en sus márgenes alimentaba una vegetación que llenaba el aire con un aroma de domingo perpetuo, hasta hacerse más bravía y umbrosa, casi impracticable, habitada por la algarabía de mil pájaros y el aleteo abigarrado de mil mariposas, que libaban las flores del poleo y se cortejaban entre sí, en una promiscuidad millonaria de especies, haciendo vibrar sus alas en las que se engastaban el topacio y el berilo, el rubí y el ónice, el jaspe y la amatista, la turmalina y la calcedonia, y piedras aún más preciosas que no figuran en el catálogo de ningún joyero, piedras vivas que danzaban en derredor del niño que yo era, que venían a posarse sobre mí, que dejaban que acariciase sus alas, prestándome su polvillo, que jamás podrá igualar en su cromatismo ningún laboratorio de maquillaje. Y mientras yo jugaba con las mariposas, en la floresta, los pájaros intercambiaban trinos que tenían algo de coro angélico y algo de simposio poético. Fui muy feliz en aquel paraje, mientras mi abuelo recolectaba poleo para sus tisanas del invierno, escoltado por los trinos de los pájaros en la enramada, persiguiendo las irisaciones de las mariposas embebidas en su vuelo nupcial que, sin embargo, se dejaban acariciar por mis dedos niños; fui casi tan feliz como espero serlo en el paraíso (naturalmente, después de pasar por el purgatorio que un pecador como yo merece).
La semana pasada volví a aquel paraje donde se guardaba, como en un estuche de gozos, la memoria de mi infancia. El arroyo ya no era capaz de hacerle guiños al sol, porque sus aguas bajaban lechosas, como jugo de pilas alcalinas. El prado donde antaño pacían las vacas (que la Unión Europea arrebató a los campesinos, después de sobornarlos con subvenciones) había sido convertido en una pista de footing para pijos estresados, que andaban por allí ganduleando y mirándose el culo los unos a los otros, con ganas tal vez de arrimar cebolleta. Ya no había poleo en las márgenes del riachuelo, que habían sido salvajemente desbrozadas, para que los pijos estresados no se pinchasen con las zarzas. Y en la enramada se había acallado la algarabía de los pájaros y había enviudado el vuelo nupcial de las mariposas, exterminadas las unas y los otros por los insecticidas que están convirtiendo nuestros campos en postales sin vida, para esparcimiento de senderistas pedorros a los que molesta que les piquen los mosquitos. «Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte».
Y esa muerte de tantas cosas que amé se me metió en el alma, como un viento difunto, calcinándola por dentro. Me acerqué derrotado, amputado, moribundo, al arroyo que en la infancia bajaba bravo y espejeante como una espada, y me contemplé en sus aguas blanquinosas y estancadas. Allá al fondo, entre las piedras del lecho, yacía mi cadáver.

TÍTULO: EL BLOC DEL CARTERO, UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXX),.

 Con Felipe IV, que nos salió singular combinación de putero y meapilas, España vivió una larga temporada de las rentas, o de la inercia de los ...foto,.
 Con Felipe IV, que nos salió singular combinación de putero y meapilas, España vivió una larga temporada de las rentas, o de la inercia de los viejos tiempos afortunados. Y eso, aunque al cabo terminó como el rosario de la aurora, iba a darnos cuartel para casi todo el siglo XVII. El prestigio no llena el estómago -y los españoles cada vez teníamos más necesidad de llenarlo-, pero es cierto que, visto de lejos, todavía parecía temible y era respetado el viejo león hispano, ignorante el mundo de que el maltrecho felino tenía úlcera de estómago y cariadas las muelas. Siguiendo la cómoda costumbre de su padre, Felipe IV (que pasaba el tiempo entre actrices de teatro y misa diaria, alternando el catre con el confesionario) delegó el poder en manos de un valido, el conde duque de Olivares; que esta vez sí era un ministro con ideas e inteligencia, aunque la tarea de gobernar aquel inmenso putiferio le viniese grande, como a cualquiera. Olivares, que aunque cabezota y soberbio era un tío listo y aplicado, currante como se vieron pocos, quiso levantar el negocio, reformar España y convertirla en un Estado moderno a la manera de entonces: lo que se llevaba e iba a llevar durante un par de siglos, y lo que hizo fuertes a las potencias que a continuación rigieron el mundo. O sea, una administración centralizada, poderosa y eficaz, y una implicación -de buen grado o del ronzal- de todos los súbditos en las tareas comunes, que eran unas cuantas. La pega es que, ya desde los fenicios y pasando por los reyes medievales y los moros de la morería (como hemos visto en los veintinueve anteriores capítulos de este eterno día de la marmota), España funcionaba de otra manera. Aquí el café tenía que ser para todos, lógicamente, pero también, al mismo tiempo, solo, cortado, con leche, largo, descafeinado, americano, asiático, con un chorrito de Magno y para mí una menta poleo. Café a la taifa, resumiendo. Hasta el duque de Medina Sidonia, en Andalucía, jugó a conspirar en plan independencia. Y así, claro. Ni Olivares ni Dios bendito. La cosa se puso de manifiesto a cada tecla que tocaba. Por otra parte, conseguir que una sociedad de hidalgos o que pretendía serlo, donde -en palabras de Quevedo o uno de ésos- hasta los zapateros y los sastres presumían de cristianos viejos y paseaban con espada, se pusiera a trabajar en la agricultura, en la ganadería, en el comercio, en las mismas actividades que estaban ya enriqueciendo a los estados más modernos de Europa, era pedir peras al olmo, honradez a un escribano o caridad a un inquisidor. Tampoco tuvo más suerte el amigo Olivares con la reforma financiera. Castilla -sus nobles y clases altas, más bien- era la que se beneficiaba de América, pero también la que pagaba el pato, en hombres y dinero, de todos los impuestos y todas las guerras. El conde duque quiso implicar a otros territorios de la Corona, ofreciéndoles entrar más de lleno en el asunto a cambio de beneficios y chanchullos; pero le dijeron que verdes las habían segado, que los fueros eran intocables, que allí madre patria no había más que una, la de ellos, y que a ti, Olivares, te encontré en la calle. Castilla siguió comiéndose el marrón para lo bueno y lo malo, y los otros siguieron enrocados en lo suyo, incluidas sus sardanas, paellas, joticas aragonesas y tal. Consciente de con quién se jugaba los cuartos y el pescuezo, Olivares no quiso apretar más de lo que era normal en aquellos tiempos, y en vez de partir unos cuantos espinazos y unificar sistemas por las bravas, como hicieron en otros países (la Francia de Richelieu estaba en pleno ascenso, propiciando la de Luis XIV), lo cogió con pinzas. Aun así, como en Europa había estallado la Guerra de los Treinta Años, y España, arrastrada por sus primos del imperio austríaco -que luego nos dejaron tirados-, se había dejado liar en ella, Olivares pretendió que las cortes catalanas, aragonesas y valencianas votaran un subsidio extraordinario para la cosa militar. Los dos últimos se dejaron convencer tras muchos dimes y diretes, pero los catalanes dijeron que res de res, que una cebolla como una olla, y que ni un puto duro daban para guerras ni para paces. Castilla nos roba y tal. Para más Inri, acabada la tregua con los holandeses, había vuelto a reanudarse la guerra en Flandes. Hacían falta tercios y pasta. Así que, al fin, a Olivares se le ocurrió un truco sucio para implicar a Cataluña: atacar a los franceses por los Pirineos catalanes. Pero le salió el cochino mal capado, porque las tropas reales y los payeses se llevaron fatal -a nadie le gusta que le roben el ganado y le soben a la Montse-, y aquello acabó a hostias. Que les contaré, supongo, en el próximo capítulo.

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