Más de cincuenta años de alternativa sumaban entre los tres de terna.
No era la primera sino la enésima vez que alternaban, y un buen día, no
hace tanto, el cartel heredó el título de mediático que estrenaron el
año 2000 Jesulín, el mismo Cordobés de ahora y Rivera Ordóñez. A veces
el Litri en escena. Hasta que cortó a tiempo. Jesulín, el de más tirón,
acabó siendo baja forzosa. Rivera se aburrió. El Fandi, que se negó a
integrar un cartel de banderilleros, supo ser el comodín de esas ternas
donde ha sobrevivido El Cordobés no de relleno ni de mero telonero.
Bien pensando, es El Cordobés quien ha marcado el camino y cifrado
las pautas, que oscilan entre el repertorio del toreo bufo y el otro. Y,
luego, quedarse con la gente. Reclamarla con gestos de brazos o voces
cuando se la empieza a sentir cansada. Y asustarla solo un poquito.
¿Sorprenderla? A estas alturas de la película la sorpresa es
sencillamente imposible.
El Cordobés lleva haciendo exactamente la misma cosa casi quince
años. Lo que ha perdido en reflejos lo ha ganado en oficio. Menos
saltos, más encaje. Más dominio: los toros han dejado de engancharle
engaños. A cambio, torea despegadísimo. A eso se llama tomarse ventajas.
Todas.
Padilla no había jugado en este equipo hasta que la grave cornada de
Zaragoza vino a provocar un cambio radical en su carrera. De las
corridas duras, en las que fue especialista -un expediente muy
relevante-, a las blandas y sencillas, con alguna que otra variante
obligada, porque, si solo fuera protagonista secundario del cartel
mediático, haría aguas el invento.
A El Fandi, según confesó en una entrevista reciente, le importa
sumar al año sesenta corridas. Y punto. De los tres de terna El Fandi es
en rigor el único no mediático. Ni televisiones ni revistas del corazón
ni radios. Se deja querer en Granada, que es su tierra, y qué menos.
Entre taurinos se siente que El Fandi podría haber aspirado a ser algo
más que la estrella más brillante de ese pequeño universo.
El más completo de los tres con diferencia: el de más facultades, el
más cerebral a la hora de discurrir en la cara del toro, el más largo,
el que menos precisa de gestos, alardes y palabras para rendir a los
públicos. Con la espada es uno de los cinco mejores del escalafón. Casi
infalible. Puro las más veces. Su manejo de los trastos es de una
sorprendente habilidad: capote y muleta livianos y pequeños, no parecen
ni pesarle en las manos.
Un terremoto con las banderillas: los cites, las llegadas, las
reuniones, las salidas. Cuarteos, cambios, quiebros, encuentros de poder
a poder corriendo hacia atrás, el sofoco del toro corriéndolo por
delante como si solo con el dedo en las sienes le marcara la velocidad.
El toro no pasa y no puede por eso hablarse de toreo, sino de otra cosa.
El Fandi tiene temple: imán en los vuelos del capote, también en los
flecos de la muleta. Y se ha ido refinando.
De los tres mediáticos El Fandi es el gran campeón de la estadística.
De la partida que juegan entre ellos tres. Aquí mismo, y ayer, dos
orejas, pero la gente se quedó con ganas de que fueran cuatro. No sin
razón. Habría sido un dispendio, pero El Fandi se llevó del sorteo el
toro más complicado de la corrida -el sexto de La Palmosilla, que arreó,
se enteró y hasta se puso incierto- y el más deslucido de los cuatro
del hierro de Gerardo Ortega, un tercero que ni carne ni pescado,
protestón, rajadito, medios viajes, escaso celo.
En ese primer turno, El Fandi de los molinetes, los abanicos, los
desplantes, la muleta por delante y nada por aquí nada por allá cuando
el toro quiere buscarlo. Con el sexto, méritos mayores, porque, sin
parecerlo, fue una faena de toreo competente sobre las piernas y de no
poco aguante. No descolgó el toro ni una vez y vino a engaño con la cara
a media altura y desparramando la mirada. Ese punto de fiereza se
estrelló contra El Fandi de los sabios recursos: notable dominio, una
faena de poder muy buen medida. Seis pares de banderillas que pusieron a
la gente caliente.
A la hora de echar cuentas, la de El Fandi fue una guerra. La de
Padilla y El Cordobés, otra. Solo que no compiten porque todos saben o
deberían saber que las distancias son cada vez mayores. A pesar de estar
más que visto y sabido, todavía tiene el cartel patrocinadores,
comisionistas y clientes. Cuesta adivinar cuánto va durar en la
cartelera la cosa. Con corridas como esta de Vitoria, parece tener los
días contados. El Cordobés le ve muy difícil con la espada, y, pese a
llevarse los dos mejores de la corrida, del hierro de Ortega los dos, no
terminó de centrarse ni creérselo. Solo la facilidad, que no es poco. A
Padilla no acaba de vérsele cómodo en el cartel. Y no lo disimula. Y,
en fin, el repertorio argumental: largas cambiadas, pausas, medios
muletazos asidos al lomo, paseos, molinetes, molinillos, circulares,
diagonales, desplantes de todas las marcas, rodillazos. ¡Música, música!
Por el mismo precio.
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